Temáticas transversales

Ansiedad y Depresión: Viviendo en Hard Mode (Parte I)

Ansiedad y Depresión
Tomas Carrillo
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Hace un tiempo, aprendí por la fuerza que la mejor manera de combatir la repentina y creciente sensación de miedo y desasosiego que ensombrecía todo lo que quería hacer era adentrarme en un entorno donde tuviera control absoluto, y, aunque ya lo sabía, no podía verlo con claridad. Este entorno me recordaba que la vida real también puede verse desde esa perspectiva. Estar convencido de que vas a fracasar o triunfar son actitudes equivalentes que generan resultados totalmente opuestos. En condiciones normales, cuesta lo mismo centrarse en una que en la otra. La ansiedad excesiva e incontrolable, o trastorno de ansiedad, es una sensación de pánico e inseguridad continua ante un peligro que aún no ha ocurrido, generando pensamientos de miedo y terror con una potente respuesta fisiológica. Es un mecanismo de supervivencia que forma parte de nosotros y nos permite anticiparnos a un peligro supuesto. Sin embargo, se convierte en un problema cuando el cerebro interpreta cualquier actividad cotidiana como un peligro, incluso días antes de llevarla a cabo. No hay un estándar para sentir ansiedad; es decir, puede manifestarse desde una reunión importante hasta salir con amigos, bajar a comprar el pan o simplemente ser quién eres. Es un trastorno generalizado que, lamentablemente, mucha gente que conozco también ha experimentado.

"El pasado es un rompecabezas, como un espejo roto. Mientras lo vas armando, te cortas. Tu imagen sigue cambiando, y tú cambias con ella." - Max Payne (Max Payne)

Abordar ciertos temas puede resultar un desafío enorme, y personalmente este ha sido uno de los más complicados. Durante mucho tiempo me costaba encontrar las palabras precisas para expresar mis emociones. El temor a ser malinterpretado o preocupar a mis seres queridos me frenaba. No obstante, he decidido compartir mi vivencia con la esperanza de que mis palabras puedan motivar a otros a superar los momentos difíciles por los que pasé en algún momento de mi vida. Además, promover una mejor comprensión y apoyo hacia un tema que afecta a muchas personas en diferentes etapas de sus vidas. A menudo este asunto se esconde o minimiza su importancia debido al estigma y la falta de comprensión que lo rodea. Por ello, mi objetivo es ofrecer consuelo a aquellos que enfrentan estos desafíos en silencio y contribuir a una conversación más abierta y sincera.

El trastorno de ansiedad es una sensación constante de miedo e incertidumbre ante una amenaza que aún no ha ocurrido, desencadenando pensamientos aterradores y un fuerte impactó fisiológico. Según la Asociación Americana de Ansiedad y Depresión (ADAA), el trastorno de ansiedad es la enfermedad mental más común en los Estados Unidos afectando a más 40 millones adultos cada año, y es un mecanismo de supervivencia que nos permite anticiparnos a peligros potenciales. Sin embargo, se convierte en un problema cuando el cerebro interpreta cualquier acción cotidiana como un peligro, incluso días antes de llevarla a cabo.

Según el Dr. Charles Nemerof, psiquiatra y especialista en desordenes de ansiedad, “esto puede ser debilitante y afectar tanto el bienestar emocional como el físico”. No hay un estándar para sentir ansiedad, es decir, puede manifestarse desde una situación importante hasta salir a divertirse con amigos, ir a comprar pan o simplemente por ser uno mismo. Estudios indican que alrededor del 18 % de la población mundial ha sufrido algún tipo de trastorno de ansiedad.

La incomprensión sobre lo que está ocurriendo y la necesidad de evitar que se repita, pueden generar pensamientos intrusivos y buscar el aislamiento como solución. Sin la ayuda de terapia adecuada, se corre el riesgo de perder la tranquilidad y la claridad mental, viviendo en un estado constante de ansiedad donde resulta difícil centrarse y llevar a cabo lo que deberías o querrías.

La ansiedad te susurra constantemente al oído que eres incapaz, que aquello que solías hacer ya no puedes hacerlo, y, que por más que te esfuerces, todo saldrá mal. Limita tanto que hasta lo que siempre te ilusionaba y animaba, ya no lo hace. Solo anhelas escapar, huir, esconderte y esperar que todo pase. No obstante, refugiarte de esta manera solo intensifica la sensación de vacío y desamparo.

Al principio pensé que lo mío era estrés. Pero al darme cuenta que no desaparecía con el tiempo, comencé a cuestionarme qué ocurría. Realizar cualquier tarea se volvió una odisea y mantener la concentración en algo por más de 20 minutos, ya fuera una película o una serie resultaba extremadamente difícil. Empecé a aislarme, y también comencé a perder el sueño. Había días que no dormía y otros que me costaba levantarme de la cama.

Cuando me di cuenta que mi vida se había sumergido en un ciclo negativo del cual no podía salir, a pesar de ser consciente de lo que me ocurría, tomé la decisión de consultar a un psicólogo, quién tras varias preguntas y observarme detenidamente a los ojos me dijo: “Tomás, tienes depresión. Sin embargo, no hay de qué preocuparse, basta con que dejes de estar triste y ¡listo!”. Fue así como después de años de luchar con este padecimiento logré superarlo.

Lamentablemente,  y contrario a lo que suele creerse, no funciona de esa manera. La depresión no se limita únicamente a la tristeza, aunque frecuentemente estén entrelazadas ambas emociones. Mientras regresaba a casa, reflexionaba sobre el diagnóstico que me había dado el médico porque mi idea en ese momento sobre la depresión era la que nos muestran en películas o series: llorar constantemente, estar con cara de cu... todo el día, quedarse en posición fetal en una esquina del baño o haber sufrido un evento traumático. Por suerte para mí, ninguna de esas situaciones se aplicaba a mi caso.

Pese a tener dudas sobre su diagnóstico, decidí asistir a una segunda cita para tener más claridad al respecto. Recuerdo que durante la consulta me preguntó si podía recordar momentos en los que me sentía mejor, y descubrí que en todos esos recuerdos el común denominador era el alcohol. Resulta que, cuando tomaba no me sentía tan mal emocionalmente porque actuaba como un desinhibidor, y me ayudaba a dejar de pensar en mis preocupaciones momentáneamente.

Además, como no afectaba mi rendimiento laboral, no lo consideraba un problema. Sin embargo, aunque no me lo prohibió, sí me advirtió que la depresión y las adicciones suelen estar vinculadas entre sí. Cuando las personas se dan cuenta que solo se sienten bien al consumir alcohol, lo hacen cada vez más seguido y la situación después empeora.

Esto me hizo reflexionar sobre buscar formas más saludables para manejar mis emociones. Comencé a explorar opciones como hacer ejercicio o practicar la meditación. Estas actividades no solo me ayudaron a reducir el estrés, también me dieron una sensación de control y bienestar sin depender de sustancias externas. Descubrí que lo importante no era simplemente adormecerme, sino desarrollar herramientas para conectar con mis emociones de manera más consciente y genuina.

Sin embargo, a pesar de haber comenzado a buscar maneras más saludables de manejar mis emociones, todavía existía una falta de comprensión por parte de las personas más cercanas e importantes para mí. Recuerdo que al mencionar a algunos amigos que estaba lidiando contra la depresión, su reacción fue similar a la que yo mismo tenía: “Cómo vas a sufrir de depresión. Tienes una familia y amigos que te quieren, una novia que te ama, vives en un buen lugar, tienes un buen carro y un trabajo que te gusta. No tienes motivos para estar deprimido”.

A pesar de ello, cada mañana me despertaba con “ganas de comerme el mundo”, y luego experimentaba una sensación de desánimo sin una causa clara aparente, y este constituye uno de los desafíos más grandes: resulta sumamente complejo identificar a alguien que padece depresión porque en muchas ocasiones, ni la persona misma es consciente de su padecimiento. La depresión no siempre es evidente o fácil de reconocer. Sin embargo, no significa que no sea real. En la segunda parte abordaré cómo los videojuegos y otras herramientas me ayudaron durante mi proceso de recuperación.

Más allá del entretenimiento (Parte II)

Mas allá del entretenimiento
Tomas Carrillo
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Recuerdo que hubo una época en la que me sentía avergonzado de mi afición por los videojuegos. Escuché opiniones que sugerían que era algo de “raros”, de perdedores, y me convencí de que disfrutarlos era una debilidad. Me dijeron que lo “cool” era el sexo y el alcohol, y terminé creyéndolo. Los abandoné y adopté un estilo de vida que no me representaba. Como no deseaba ser el “bicho raro”, me esforcé por ser el que más salía, el que más bebía y el más mujeriego, intentando ahogar esa voz interna que me susurraba que no encajaba.

“Las cicatrices nos recuerdan dónde hemos estado. No tienen que dictar hacia dónde vamos.” – Master Chief (Halo 3)

Los recuerdos son una forma de aferrarte a lo que amas, a lo que eres, a lo que no quieres perder. El E3 fue la feria de videojuegos más importante de la industria, el escenario donde las compañías más importantes hacían sus grandes anuncios, el escaparate que elegían para mostrar sus nuevos proyectos. Un lugar con una atmósfera más propia de un concierto de ‘rock' que de un evento tecnológico. Y aunque los últimos años perdió relevancia gracias a la aparición del streaming, durante mucho tiempo fue considerado el Super Bowl de la Industria.

De todos los E3 que presencié, el de 2015 fue el más significativo. Aquella edición estuvo marcada por juegos que apelaban directamente a los jugadores de antaño. Fue el E3 de “La Santísima Trinidad”, en el que apareció después de muchos rumores el esperado The Last Guardian de Fumito Ueda, la tercera parte de Shenmue, que en ese instante estaba recaudando fondos a través de Kickstarter, logrando triplicar la cifra solicitada luego de que más de 69.000 patrocinadores colaboraran en el proyecto.

Sin embargo, el momento más recordado de esa feria fue el anuncio del remake de Final Fantasy VII. Nadie sabía nada sobre su regreso. La sorpresa se apoderó del recinto cuando, en el tráiler, comenzaron aparecer los nombres de los responsables del juego original, acompañados de una narrativa cautivadora: “...quizás no fue más que una ilusión, pero después de una larga calma, no hay indicios de revuelo. La reunión que se avecina puede traer alegría, y también algo de miedo, pero abracemos lo que sea que traiga, porque están regresando. Por fin se ha hecho la promesa”. La emoción alcanzó su punto máximo cuando el logo de la saga apareció y luego dio vuelta para revelar la palabra 'REMAKE'. La sala explotó en júbilo, y no fueron pocos los que estallaron en llanto, incluyéndome.

Los videojuegos tienen la capacidad de generar conexiones profundas con quienes los juegan. Crean un vínculo similar al que se establece con una película, con una diferencia fundamental: aquí no eres un simple espectador. El jugador se compromete con la acción y se convierte en responsable del desarrollo de los personajes y de la evolución de la historia.

El dilema aparece cuando tendemos a simplificar nuestra visión del mundo. Hace algunos meses, un influencer afirmó que “si tienes más de 15 años y juegas videojuegos, estás haciendo algo mal con tu vida”. En su discurso culpaba a los videojuegos de su sobrepeso, de problemas de salud y de su falta de tiempo con familia y amigos, concluyendo que, al abandonarlos, comenzó a vivir en el “mundo real”.

Jugar videojuegos no implica, de forma automática, ganar peso o convertirse en una persona antisocial, y aunque es cierto que fomentan una vida más sedentaria, también es real que es posible ejercitarse con regularidad, cumplir responsabilidades, compartir tiempo con amigos y pareja, y disfrutar de los videojuegos sin que una cosa excluya a la otra. El problema surge cuando se pierde el equilibrio. Trabajar en exceso y descuidar a los seres queridos también genera consecuencias, aunque rara vez se cuestione con la misma dureza. Persistir en una mirada que solo concibe el mundo desde extremos opuestos es una forma cómoda -y arcaica- de evitar discusiones más profundas.

Recuerdo que hubo una época en la que me sentía avergonzado de mi afición por los videojuegos. Escuché opiniones que sugerían que era algo de “raros”, de perdedores, y me convencí de que disfrutarlos era una debilidad. Me dijeron que lo “cool” era el sexo y el alcohol, y terminé creyéndolo. Los abandoné y adopté un estilo de vida que no me representaba. Como no deseaba ser el “bicho raro”, me esforcé por ser el que más salía, el que más bebía y el más mujeriego, intentando ahogar esa voz interna que me susurraba que no encajaba.

No niego que en aquel momento disfruté mucho de esa etapa de mi vida. Sin embargo, al reflexionar sobre ello en retrospectiva, considero esos años como una época estúpida que solo me dejó culpa y frustración. Fingir ser alguien que no eres es agotador, y, más temprano que tarde esa fachada se desmorona. Pablo d’Ors, en su libro Biografía del Silencio, dice: “Es absurdo condenar la ignorancia pasada desde la sabiduría presente”. Por eso carece de sentido criticar lo que hicimos, aunque podemos aprender de ello.

Los videojuegos representan mucho más que simples desafíos: nos enseñan a pensar estratégicamente, a tomar decisiones bajo presión y a ser creativos para adaptarnos a situaciones variables. La capacidad de persistir ante la adversidad, la paciencia para aprender de los errores y la visión para planificar el futuro son lecciones y destrezas que van más allá del ámbito virtual.

Pero lo más valioso que he aprendido es que en la vida no solo se trata de ganar o perder, sino de cómo enfrentamos cada desafío que se nos presente. Cada experiencia que vivimos nos brinda la oportunidad de crecer y mejorar, incluso cuando las probabilidades juegan en nuestra contra. Porque sin importar cuántas veces tropecemos en el camino, siempre habrá una nueva oportunidad para presionar el botón 'reiniciar' y volver a intentarlo con más fuerza. 

Más allá del entretenimiento (Parte I)

Mas allá del entretenimiento
Tomas Carrillo
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El escritor alemán Jean Paul Friedrich Richter dijo: "Los recuerdos son el único paraíso del cual no podemos ser expulsados". Para mí, pensar en videojuegos es recordar a mi abuela llamando "Nintendo" a todas las consolas, es evocar los lazos de amistad que he forjado gracias a ellos, es rezar para que el PlayStation leyera el CD y pasara de la pantalla blanca a la negra, es escaparme a Betatonio después del colegio para alquilar Double Dragon y luego ganarme una regañada por no avisar en casa dónde estaba, es ir a Videoplay a jugar "maquinitas", es ver a mi tío instalando el adaptador en el televisor y saltar de alegría cuando finalmente funcionaba. Tal vez eso es lo que tiene ser niño: la capacidad de sorprenderse con cada cosa. Lo que quiero decir con esto es que los videojuegos siempre han estado ahí, acompañándome. He crecido con ellos, y lejos de ser solo un entretenimiento, se convirtieron en una herramienta que moldeó mi carácter y forjó mi camino.

“Todos hacemos elecciones, pero, al final, nuestras elecciones nos hacen a nosotros”. – Andrew Ryan (Bioshock)

En la actualidad, los videojuegos suelen ser objeto de duras críticas. Con frecuencia se les señala de influir negativamente en el comportamiento, el desarrollo social e incluso la salud mental de las personas. Frases como “los videojuegos causan ansiedad y depresión”, “Grand Theft Auto promueve la agresividad” o “Call of Duty enseña a los jóvenes a matar” reflejan un temor persistente hacia este medio. En el fondo, todos estos discursos coinciden en una misma idea: los videojuegos son negativos, adictivos y perjudiciales.

Este tipo de señalamientos no son nuevos. A lo largo de la historia, distintas expresiones culturales han sido responsabilizadas de los problemas sociales de su época. El rock en los años sesenta, el cine violento en los ochenta o incluso los cómics en la década de los cincuenta ocuparon ese lugar. Hoy, como una de las formas de entretenimiento más populares entre los jóvenes, los videojuegos enfrentan juicios igualmente simplistas. En lugar de investigar las raíces profundas de los desafíos que atravesamos como sociedad, solemos enfocarnos en lo más visible o desconocido, sobre todo cuando genera temor o incomodidad en generaciones que no crecieron dentro de este entorno tecnológico. Se trata, muchas veces, de una forma cómoda de evitar mirar hacia adentro o cuestionar las estructuras que, con mayor probabilidad, están en el origen de nuestras crisis sociales.

Casos como los ocurridos en Estados Unidos, donde tras un tiroteo en una escuela los titulares destacan rápidamente que el agresor jugaba videojuegos violentos, son un ejemplo claro de esta lógica. Para algunos, esa sola mención parece suficiente para establecer una relación directa, sin considerar que millones de personas juegan los mismos títulos sin mostrar ninguna conducta violenta.

El problema, entonces, no suele ubicarse en la necesidad de una regulación más estricta en la venta de armas, ni en la competitividad extrema que se inculca desde edades tempranas o en las largas jornadas laborales que limitan el tiempo que los padres pasan con sus hijos. No. El problema rara vez nos involucra. Para eso están los videojuegos: para servir como chivo expiatorio, para librarnos de responsabilidad y conciliar el sueño con mayor tranquilidad. Estas posturas suelen ignorar la complejidad de los contextos sociales y culturales, y responden más al deseo de encontrar culpables simples para problemas profundamente estructurales.

Resulta evidente la facilidad con la que ciertas formas de entretenimiento son aceptadas, mientras otras continúan siendo observadas con recelo. Dedicar largas horas a ver una serie completa en casa rara vez es cuestionado; sin embargo, invertir ese mismo tiempo en jugar videojuegos suele percibirse como un acto inmaduro. Del mismo modo, disfrutar del cine de autor puede elevar el estatus cultural de una persona, mientras que los videojuegos narrativos no suelen recibir ese mismo reconocimiento.

Muchos de los juicios que pesan sobre toda la industria se construyen a partir de experiencias superficiales, sin detenerse a explorar la riqueza creativa y expresiva que este medio ofrece. No se trata de desmerecer al cine, la música u otras formas de arte, sino de reconocer que los videojuegos también merecen un lugar legítimo dentro de esa conversación cultural.

Reconocerlos como una expresión cultural implica ir más allá del análisis externo o del juicio generalizado. Como ocurre con otras formas de arte, su verdadero impacto no se mide únicamente desde la crítica o la teoría, sino también desde la experiencia personal y los vínculos que se construyen a lo largo del tiempo. Es en ese terreno, más íntimo y cotidiano, donde muchas veces se entiende por qué este medio ha logrado ocupar un lugar tan profundo en la vida de millones de personas.

El escritor alemán Jean Paul Friedrich Richter afirmó alguna vez que “el recuerdo es el único paraíso del que no se nos puede expulsar”. Para mí, pensar en videojuegos es volver a recuerdos entrañables: escuchar a mi abuela llamar “Nintendido” a todas las consolas, aun sabiendo cómo se decía, con la única intención de ‘mamarme gallo’; o revivir los lazos de amistad que he construido gracias a ellos; o escaparme de la ruta del colegio para ir Videoplay a jugar ‘maquinitas’, entre muchas otras experiencias vividas. Quizá esa sea parte de la magia de la infancia: la capacidad de maravillarse con lo cotidiano. Lo que intento decir es simple: los videojuegos siempre han estado ahí, acompañándome.

Con el tiempo, he entendido que los videojuegos no han sido solo una forma de entretenimiento, también un refugio. Su influencia se ha extendido más allá de las pantallas, moldeando nuestra cultura y redefiniendo la manera en que nos relacionamos y conectamos con el mundo.

El verdadero poder de los videojuegos radica en su capacidad para crear experiencias que perduren, generar recuerdos imborrables y dejar huellas que hablan de las batallas libradas, tanto dentro como fuera del juego. Al final del día, los videojuegos son más que historias virtuales, son reflejos de nuestras propias luchas.

La segunda parte se adentra en un terreno más íntimo, donde esta reflexión adquiere un sentido personal: cómo los videojuegos pasaron de ser una forma de entretenimiento a convertirse en un refugio y una herramienta en un momento complejo.